
Estos desayunos en la calle presentan una forma diferente de socializar y colonizar el espacio público. Es una reflexión sobre la forma de habitar el mundo, no se trata de cambiarlo, sino de disfrutarlo. Me recuerda a aquellos grupos de vecinos que salían (en mi pueblo todavía hay calles donde se hace) a tomar el fresco en las noches de verano, cada uno con su silla y los niños en el suelo y así, y con una baraja de cartas, se pasaban (y se siguen pasando, pero menos) los días de bochorno.

















